el miedo primitivo al primate :: Día Internacional del Traje de Gorila
Sábado, Enero 31st, 2009Aclaración-disclaimer : Esta entrada se trata de una traducción no autorizada del articulo Ape Fear de Steven Poole publicado originalmente el 1 de mayo de 1997 en The Guardian. Las imágenes que les acompañan están extraídas de Internet o son de cosecha propia.
El miedo primitivo al primate: simios en la literatura
Desde que Aristóteles, en su Historia Animalium, dibujo las chocantes similitudes anatómicas entre un hombre y un macaco, el hombre ha tenido una relación ambivalente con el resto de primates. Aunque son tan parecidos a nosotros, frecuentemente han sido retratados en la literatura como payasos o demonios. Después de que TH Huxley y el obispo Wilberforce mantuvieran un duelo sangriento sobre el problema del darwinismo (Huxley insistía en “el hombre no tiene que estar avergonzado a tener a un mono como su abuelo”), Disreaeli resumía el problema del orgullo de las especies en 1864: ¿Es el hombre un mono o un angel? Yo, oh Señor, estoy en el lado de los ángeles”.
Para la apetecible idea de que el hombre esta hecho a imagen de Dios, el primate o mono siempre ha sido un peludo, chato e innegable reto. Por supuesto, en la época predarwiniana, el mono debía Satán: una burda imitación o un engendro. “El diablo es el mono de Dios” escribió Samuel Hieron en 1607, “y busca imitarle en cada cosa”. Así si los monos no son demoníacos en ellos mismo, si que son horribles, brutos y faltos de moral o habitantes de un submundo. O como se lamenta Kate a su padre en La fierecilla domada la extravagante consecuencia de morir como una solterona es “solo servir para llevar monos al infierno”.
Menos horrible es la imagen de payaso imitador de poses humanas. El pintor Jacob Huysmans realizo un retrato de Rochester donde se veía al dudoso Earl de pie al lado de un mono, sobre su cabeza aguanta una rama de laurel: el mono habia escrito un poema. Stephen Jeffreys, en su obra El Libertino de (1994) nos muestra la explicación de Rochester a Huysmans: “Nosotros nos reímos de las payasadas del mono porque están muy cerca de nosotros”. Esto se convirtio en el gran juego satírico de disfrazar a monos y primates (los anuncios de la PG Tips continuan con esta tradicion de una forma light) En el cuadro de Jean-Baptiste Chardin de 1740 El mono anticuario, nos muestra al animal envuelto en ropas académicas, mirando de forma pedante a través de una lupa un sello. Y en la bulliciosa obra satírica Melincourt, que tenia como subtitulo “el señor Orang Haut-Ton”, Thomas Love Peacock nos explica como un mono es educado para convertirse en un sofisticado caballero que toca la flauta, consigue una baronía y un escaño en el Parlamento.

Mientras la imagen del primate como demonio, resaca de los bestiarios medievales y las fabulas, murió pronto, el lado oscuro del primate sobrevivió en su marcada sexualidad. Caliban, el salvaje primitivo de la isla, de la Tempestad de Shakespeare, aunque le enseñan como hablar intenta violar a Miranda, la hija de su maestro. La biología es incorregible. Los Yahoo de los Viajes de Gulliver son la apoteosis del absurdo humano: esos asquerosos y peludos seres que gruñen son demasiado humanos. Solo unos cuantos iluminados imaginaron rescatar el sexo humano confiando en el poder de la creatividad. Balzac bromea en su Psicologia del Matrimonio: “la mayoria de los maridos me recuerdan a un orangután tratando de tocar el violín”.
Con la revelación de Darwin que los humanos desciende de los hominidos empieza un cambio radical. Los primates empiezan en el siglo veinte a ser concebidos como habitantes de un Edén secular, especialmente después del descubrimiento en 1929 de otro gran primate, el bonobo, que parecía felizmente pacifico. El trabajo de Dian Fossey y Jane Goodall, observando la compleja y superinteligente social de los primates en el medio salvaje, comenzó a darnos a entender que habíamos perdido algo en nuestro domino sobre la naturaleza. Millones de años antes, la historia había empezado, los primates vivíamos juntos en una idílica pastoral y la nueva caída en desgracia fue en el momento que nos separamos de nuestros primos. Empezamos a usar herramientas, a guerrear entre nosotros, malditos con una inteligencia voraz que seria nuestra perdición. King Kong fue la parábola de esta caída, como el gentil gigante de la jungla fue conducido a una orgia de destrucción después de ser llevado a la ciudad infernal. 2001 de Kubrick imagino esa caída como un plan alienígena: un primate primitivo toca el monolito extraterrestre y es infectado por el ingenio de construir armas.

Después de la autodestrucción nuclear de la humanidad, segun la obra de Aldous Huxey, Mono y Esencia (1948) o las películas del Planeta de los Simios, nuestros primos pueden recomponer la piezas y reconstruir el mundo. En la reciente fabula de Peter Hoeg, La mujer y el mono, imagina una colonia secreta de primates superevolucionados que visitan Londres y advierten a los hombres de los desastres que los acechan su alienación medioambiental. En la tonta Esaú, de Philip Kerr, tambien se describe el descubrimiento en el Himalaya de un superinteligente Yeti, que al final es abandonado a salvo en su paraíso de nieve.
Los primates están lo suficientemente cerca de la biología humana para ser utilizados para la experimentación científica: ya sea enviadolos al espacio en cohetes como inyectandoles prototipos de vacuna. Pero su proximidad a nosotros como especie anima a estar en contra de esas practicas. En los sesenta y setenta, como los monos se mostraron capaces de aprender la lengua de signos, los filósofos radicales como Peter Singer pudieron argumentar que los chimpancés podían ser legalmente defendidos como “personas morales”, siendo más inteligentes que los recién nacidos o que un cerebro adulto dañado. El descubrimiento en 1984 de que los chimpancés compartían el 98,6% de ADN con humanos dio combustible a este fuego liberacionista. La Liga Internacional para la Protección de los Primates solo en una semana lanzo una campaña contra el grotesco plan de inyectar tejido infectado con la EEB en el cerebro de chimpancés cautivos. Esta es la maldición de los primates por ser demasiados parecidos a los humanos, estar amenazados por el miedo ancestral a la extinción.
Pero después de todo, los primates no son bucólicos inocentes. Con el paso de una pocas décadas, los chimpancés han sido observados invadiendo territorio rival para torturar y matar a sus enemigos un simbólico shock para la sociedad primatologica, inteligentemente estudiado por William Boyd en su novela La playa de Brazzaville. Los gorilas cometen infanticidio, los chimpancés maltratan a sus parejas, los orangutanes parece que comenten violaciones. Aun así, como argumentan Richard Wrangham y Dale Peterson en su provocativo y nada sentimental estudio Machos demoniacos: primates y los origenes de la violencia humana, la violencia humana no es una herencia atávica e imborrable pero “aparece en parte del refinamiento de sus habilidades cognitivas”. Nuestra vileza es producto de la razon y solo puede ser conquistada por la razón.
Y volvemos a nuestra vieja ambivalencia con los primates. Y es en esta ambivalencia que sigue siendo artísticamente útil. En Great Apes, la exultante y alucinógena nueva novela de Will Self, satírico con la moral dominante, imagina un mundo como el Londres actual pero sujeto a una completa inversión en las especies. El protagonista Simon Dykes se levanta una mañana y descubre que su novia y todo el mundo se ha convertido en chimpancés: su insistencia en que el es humano es diagnosticado como una ilusión psicótica. La desenfada premisa de Self evoluciona desde el ingenio hacia algo mas inquietante, y logra la rara hazaña de alterar temporalmente la perspectiva del lector.

La contemplación de nuestros primos simios seguirá aportándonos perspectiva: una prueba contra la arrogancia, un peludo recuerdo de nuestra casual preeminencia evolutiva. Seguimos estando en algún lugar entre los monos y los ángeles.
































